EL MITO DE LA CAVERNA: UN CUENTO PARA EMPEZAR.

Otra Miradaando color

CARTA ABIERTA A LOS INTELECTUALES DESENCANTADOS
DE SANTA BRÍGIDA.

Laura Cobos Herrero. Ando Sataute

 

“Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse
siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una
dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos
horribles que su extinción”
Samuel Johnson

 Mito de la caverna     En el s.V a.C, Platón nos cuenta, en el libro VII de su República, la historia de una cueva donde viven personas, prisioneras de sus propios prejuicios e ignorantes de todo lo que desconocen. De pronto, uno de los prisioneros consigue salir de la cueva y, a la luz del sol, descubre lo que el mundo es en realidad. No es  fácil el camino hasta llegar a conocer lo que las cosas verdaderamente son, requiere toda una vida de esfuerzo y de sufrimiento, en muchas ocasiones y, a menudo, no basta con una vida y, a pesar de todo ello, nos dice Platón que no es suficiente; el que ha llegado a comprender la enorme distancia que existe entre lo que las cosas son y lo que creemos que son, tiene la obligación de volver de nuevo a bajar a la cueva para rescatar a los prisioneros que aún permanecen en ella, porque “si se forja a tales hombres en el Estado, no es para permitir que cada uno se vuelva hacia donde le da la gana, sino para utilizarlos para la consolidación del Estado”.

      Se plantea más adelante el perjuicio que podría suponer para el que se halla libre de la ignorancia el tener que volver a discutir sobre simulacros de justicia, por ejemplo, sabiendo lo que es la justicia en sí y resuelve afirmando que no sólo puede acceder al auténtico conocimiento de lo que es la justicia, el que, sabiendo lo que es, sea capaz de transformar, a partir de lo que ya sabe, lo que creía saber y liberar de la ignorancia a aquellos que compartían su ignorancia como si fuera saber, sino que además “a vosotros os hemos engendrado nosotros, para vosotros mismos y para el resto de la ciudad (…). Tenéis, pues, que ir bajando uno tras otro a la vivienda de los demás y acostumbraros a ver en la oscuridad. Una vez acostumbrados, veréis infinitamente mejor que los de allí y conoceréis lo que es cada imagen y de qué lo es, porque habréis visto ya la verdad con respecto a lo bello y a lo justo y a lo bueno. Y así la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día y no entre sueños, como viven ahora la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras o se disputan el mando como si éste fuera algún gran bien. Mas la verdad es, creo yo, lo siguiente: la ciudad en que estén menos ansiosos por ser gobernantes quienes hayan de serlo, ésa ha de ser forzosamente la que viva mejor y con menos disensiones que ninguna (…) cada uno de ellos irá al gobierno como a algo inevitable, al revés que quienes ahora gobiernan en las distintas ciudades.(…) Si encuentras un modo de proporcionar a los que han de mandar una vida mejor que la del gobernante, es posible que llegues a tener una ciudad bien gobernada, pues ésta será la única en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que
poseer en abundancia para ser feliz: una vida buena y juiciosa. Pero donde son mendigos y hambrientos de bienes personales los que van a la política, creyendo que es de ahí de donde hay que sacar las riquezas, allí no ocurrirá así. Porque, cuando el mando se convierte en objeto de luchas, esa misma guerra doméstica e intestina los pierde tanto a ellos como al resto de la ciudad.”

      El siglo V. a.C. fue el siglo de oro de nuestra civilización, el siglo de Pericles, el del nacimiento de la democracia, de las artes, de las letras… Y sin embargo, hace tanto tiempo, que nos hemos olvidado, a lo largo de estos dos mil quinientos años, de que el ser humano es un título colectivo que hay que perseguir a lo largo de toda la vida, que no somos humanos de nacimiento, sino que es humano el que persigue logros para la especie humana, que, al igual que en tiempos de Platón, la felicidad es un objetivo colectivo, que no es alcanzable sin ser capaces de salir de nosotros mismos y de nuestros intereses particulares para concebirnos como parte del grupo social al que, por cualquier motivo, pertenecemos, porque somos seres sociales por naturaleza, indefensos, que necesitamos unos de otros para alcanzar nuestro objetivo, que probablemente, como decía Aristóteles, no sea otro que ser felices.

      El que ha dedicado su vida al trabajo intelectual ha asumido la responsabilidad, más que cualquier otro, como le ocurría al esclavo que consigue liberarse de los prejuicios y falsas creencias acerca de qué es lo real, de generar ideas beneficiosas para la vida de todos los hombres, adquiriendo, por ello, el privilegio de orientar, de intervenir, de comentar aspectos de la vida en común, de la mayor importancia para el desarrollo de las personas que participan en ella, por lo que se le han concedido una serie de privilegios, económicos, estéticos, de relación, etc. de los que la gran mayoría carece. El ser intelectual, como le ocurre a los seres que se pretenden humanos, es un privilegio por el que se debe luchar para no sentirse en deuda con las personas que no lo son.

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“El peor analfabeto es el analfabeto político.
No oye, no habla, no participa de los
acontecimientos políticos.
No sabe que el coste de la vida,
el precio de las alubias,
del pan, de la harina,
del vestido, del calzado y de los remedios,
dependen de decisiones políticas.

El analfabeto político es tan burro que se
enorgullece y ensancha el pecho diciendo
que odia la política.
No sabe, el imbécil, que de su ignorancia política,
nace la prostituta, el menor abandonado,
el asaltante y el peor de los bandidos,
que es el político corrupto, mequetrefe
y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”

                                                                         Bertolt Brecht

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